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Adoración de las bragas
Tanguita, culotte o hot pant
ARS EROTICA - 11/12/02 18:20 publicado por Soledad Bauzá
Atraparon al ladrón de bragas de Perpiñán. El fetichista de 32 años detenido por el robo de 327 bragas y sostenes en el sur de Francia fue condenado a ocho meses de prisión.

Su patrón criminal era saciar su manía birla-bragas recorriendo patios y azoteas donde el elastizado botín se secaba al sol. “La población puede estar tranquila tras su captura”, afirmó un gendarme blandiendo con orgullo un recién confiscado ejemplar de Wonder-Bra en una mano y una micro bikini en la otra.

Cuando Eva se enganchó la hoja de parra, Adán se obsesionó. En el primer aniversario, le obsequió una hoja de cretona (sustituto aterciopelado que ella agradeció). Fue el inicio de la industria de la corsetería. Desde entonces la humanidad se concentró en celebrar variaciones del taparrabo original.

En los principios fue el shenü, enagua vaporosa bordada en hilos de oro que usaban las egipcias. Hasta el siglo XIX, las bragas fueron objeto de lujo, por su costo (paradoja: hoy vuelven a serlo por los precios están por las nubes). Luego vinieron décadas de culottes y enaguas, hasta llegar a la tanga cola-less sin costuras (ideal para soleras blancas justas). Obviamente el sex appeal de ese trozo de género, cuero, o azúcar (hay bragas comestibles y vaya si se consumen de postre en Amsterdam) depende de una serie de variables que hacen al atractivo sexual. En Japón venden a 50 dólares bragas con “una puesta” adjunta a la foto de la muchacha que la portó, y hay un prototipo yuppi nipón coleccionista al que esto provoca una erección instantánea.

Hacia una categorización bragológica

Están las impresentables. Esas viejas, deshilachadas, con el elástico hecho una lástima y un estampado de florcitas desvaído. Son las preferidas, y el cariño nos impide arrojarlas a la basura. ¡Ay de que nos agarre una situación tipo cita flash con extraño súbito apetecible post cruce imprevisto en bar! Están las top, esas nuevas con las que por alguna razón nunca nos tocan noches de pasión. Basta colocarla bajo el vestido en el casamiento que presumimos ocasión de conquista, para que el candidato no nos de la hora, y amanezcamos aburridas y pasadas de champán revolviendo el centro de mesa de flores que birlamos de la fiesta.

Y están las que resultan las preferidas de él, de una manera retorcida y misteriosa. ¡Qué bizarra debe ser, por ejemplo, la bombacha favorita de Marilyn Manson de su novia Shirley! (no quiero ni imaginar su extraños ganchos y púas).

Mi caso es curioso. Mi novio muere por las bombachitas Petit Bateau, tradicional grifa de ropa interior infantil. “Debe tener una fijación que lo hace visualizarme como su hija”, razona mi analista. Ya no me puedo ni apartar de esos modelos, salvo por el usufructo del calzoncillo de invierno (otro elemento con el que mi media naranja se erotiza hasta perder la razón y con el que me obliga a enfundarme en noches tórridas de verano).

Albergo la inquietante sospecha de que él oculta alguna perversión originada en su niñez (¿avistamientos de su hermana en la cuna vistiendo piezas blancas de la marca francesa en cuestión?). Pero prefiero ni preguntar. La bombacha, como le decimos en Uruguay, y su culto no admite razones, sino caminos de obsesión.

Soledad Bauzá



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