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De la pipa de kif a la actualidad
Historia del uso del Cannabis en España
RINCÓN CANNÁBICO - 01/10/01 12:54 publicado por Demónico
Este magnífico artículo de Juan Carlos Usó regoge en una síntesis admirable el recorrido conjunto del la población española y la planta del cáñamo a lo largo del siglo XX.

Según las Ordenanzas de Farmacia [1860] los profesionales autorizados para vender Haschisch en el Estado Español -tanto al por mayor como al por menor- eran los drogueros, quienes únicamente debían observar un requisito mínimo para expenderlo: 'exigir una nota fechada y firmada por persona conocida y responsable, que exprese con todas sus letras la cantidad de la sustancia pedida y el uso a que se destina'.

En la prensa de finales del siglo XIX, Grimault y Cía, 'farmacéuticos en París de S.A.I. al príncipe Napoleón', anunciaban Cigarros Indios de Cananbis Indica, elaborados con 'extractos de cáñamo índico de Bengala', que poseían propiedades para combatir no sólo el 'asma', 'la opresión' y la 'sofocación', sino también otras dolencias como 'la tos nerviosa, el insomnio, la tisis laríngea, la ronquera, la extinción de la voz y las neuralgias faciales'. Quién sabe, quizá fueron esos precursores de los actuales porros los que exaltaron la imaginación de Valle Inclán, inspirándole un bello poemario, titulado precisamente La Pipa de Kif [1919].

La ebriedad producida por el cáñamo y sus derivados no despertaba alarma social alguna, y el propio conocimiento popular que existía sobre la planta confirmaba la ausencia de experiencias negativas en este sentido. En 1911, la prestigiosa enciclopedia Espasa-Calpe, al glosar el término, 'cáñamo', mencionaba 'la embriaguez especial del haschisch', cuya secuela final no va más allá de 'un sueño tranquilo sin consecuencias secundarias desagradables. De hecho, hasta bien entrado el s. XX, en cualquier farmacia española podía comprarse extracto de cannabis, a razón de 1 peseta el gramo. ¡Qué tiempos aquellos en que costaba lo mismo una docena de huevos que tres gramos y medio de haschisch o por el precio de una botella de champagne se podían adquirir hasta 30 gramos de chocolate!

Las cosas discurrían sin sobresaltos para los consumidores de cannabis, pero en 1925 una iniciativa británica promovió que el haschisch fuera incorporado -con la firma del Convenio de Ginebra sobre Restricción en el tráfico de opio, morfina y cocaína- a la lista de sustancias sometidas a control, restringiendo su fabricación, importación, venta, distribución, exportación y empleo a 'usos médicos y científicos'. Era el primer paso hacia la prohibición incondicional del cáñamo y sus derivados.

No obstante, el hecho de que el cannabismo estuviera fuertemente arraigado entre los militares, soldados destacados en las posesiones españolas norteafricanas, los cuales contribuyeron decisivamente a la difusión del hábito en la península, determinó que las autoridades franquistas hicieran la vista gorda, durante muchos años, ante el consumo de esta droga.

Esta situación varió a finales de los años 60, cuando los próceres morales del Régimen descubrieron que la ebriedad cannábica ya no sólo era cosa de legionarios, marineros, chulos, prostitutas, carteristas y otros delincuentes de poca monta, sino que gozaban con ella sus propios cachorros, es decir, jóvenes de familia bien que comenzaban a mostrar su inconformismo frente al nacionalcatolismo imperante.

Con todo, pese a la histeria anti-psiquedélica que se desató entre finales de los 60 y principios de los 70, el cáñamo y sus derivados [kif, grifa, haschisch, marihuana] carecían de estigma en España, al menos, para un segmento muy amplio de la población. Así tras la muerte de Franco, algunos políticos del momento [J.Mª Bandrés, E. Díaz-Maroto, J.F. Pla, A. Puerta, J. Raventós, R. Tamames, E. Tierno Galván, L. Mª Xirinacs] se manifestaron públicamente en favor de despenalizar su consumo. Se trataba de dar entidad legal a un fenómeno social existente y en auge progresivo. En efecto, el empleo de cannabis se imponía como un fenómeno juvenil, y la intransigencia hacia el mismo iba cediendo paulatinamente. En 1981, el ministro de Justicia de la UCD, F. Fernández, reconocía en público haber fumado porros durante su época de universitario, y estando todavía el PSOE en la oposición sus principales dirigentes [F. González, A. Guerra y J. Solana] admitieron contactos positivos con derivados del cañamo, mientras E. Lamo de Espinosa, director general de Universidades, abogaba por una total despenalización de las llamadas drogas blandas. Parte del 'cambio' anunciado por los socialistas se tradujo en el establecimiento de la legislación menos severa del mundo en materia de drogas [se despenalizó expresamente el consumo, se imprimió carácter legal a la distinción entre drogas duras y blandas y se suprimió del Código Penal la cláusula de incriminación abierta, según la cual podían ser condenadas todas las personas que, a parte de cultivar, fabricar o traficar, promovieran, favorecieran o facilitaran el uso de estas sustancias 'de otro modo']. Pero el espectacular incremento de los delitos contra la propiedad y los robos con violencia e intimidación, asociado al empleo masivo de heroína por vía endovenosa, provocó una crisis de pánico colectivo, -fijada en el inconsciente colectivo de los españoles como inseguridad ciudadana-, ocasionando las críticas de expertos y adversarios políticos. Estas críticas, unidas a las presiones de ciertas agencias internacionales, determinaron que se retomara una política de mano dura [notable endurecimiento del Código Penal, aprobación de la Ley Corcuera, etcétera].

Sin embargo, como nadie puede atribuir a su empleo crímenes o muertes por envenenamiento. El único argumento contra el cañamo se resume en la 'teoría de la escalada', según la cual se trata de una droga puente o de inicio, que propicia el uso de sustancias adictivas e incomparablemente más tóxicas. Así, se dice que el 95% de los heroinómanos, antes han tenido experiencias con derivados cannábicos, lo cual no es más que simple demagogia, pues se omite que sólo un 2,6% de los consumidores de cannabis pasan a consumir drogas duras.

El resultado final de este desvarío no es otro que el escepticismo y la incredulidad frente al prohibicionismo farmacológico en general. Si se meten en ese mismo cajón de sastre, denominado 'La Droga', el cáñamo y sustancias como la heroína o cocaína, y los usuarios -sobre todo los jóvenes, especialmente interesados en las conductas arriesgadas, máxime si implican novedad, euforia o placer y prestigio en su entorno social- descubren que con el haschisch se les mintió asustándoles...¿se creerán lo que se les diga acerca de otras drogas?.

Pero la responsabilidad de esa desconfianza, como afirma A. Escohotado, no es atribuible a los usuarios del cáñamo, sino a quienes apoyan la ilicitud de ciertas drogas, y venden otras como artículos de alimentación o medicinas.

El interés por derivados del cañamo se ha activado desde principios de los 90, coincidiendo con un descenso del interés hacia la cocaína y la heroína, y la irrupción del éxtasis o MDMA, sustancia con la que el cannabis casa muy bien. Puede decirse, en este sentido, que el Estado español es el país del mundo donde mayor proporción de ciudadanos fuma haschisch; pero comprárselo a Marruecos cuesta miles de millones de pesetas al año. Además , en contra de lo que sugiere la sentencia del 'Caso Nécora', éste suele estar adulterado con polvo de henna, goma arábica, leche condensada, clara de huevo, excrementos animales y otras delicias. No es extraño, pues, que muchas personas hayan propuesto la celebración de un debate nacional sobre la legalización del cáñamo, iniciativa a la que hasta el momento se han demostrado absolutamente refractarias las autoridades gubernativas. Ante esta situación, quizá la alternativa más constructiva e inteligente para los usuarios de cannabis sea agruparse en asociaciones y dedicarse a cultivar y autoabastecerse para el consumo privado, siguiendo las recomendaciones de la Coordinadora Estatal de Organizaciones para la Normalización de Cannabis, constituida recientemente en Madrid e integrada por más de quince asociaciones antiprohibicionistas.
 
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 • Artículo extraído de 'Chaos-Entropy'

 
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